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Ruptura familiar, ¿qué pasa con el niño?

El divorcio de los padres afecta la vida de cada niño de manera diferente. Representa un cambio fundamental en la rutina diaria y en el entorno familiar. Si en este momento te enfrentas a la cuestión del divorcio y buscas cómo acompañar a tu hijo de forma segura, sensible y honesta en esta situación compleja, lee nuestro artículo. 
 

El objetivo es ayudar al niño a construir una relación sana con cada miembro de la familia y brindarle espacio para un entorno emocional seguro. Tu enfoque influirá de manera decisiva en cómo tu hija o tu hijo afronta nuevos comienzos, tanto en la infancia como en la adultez.

Empecemos entonces paso a paso, con empatía y respeto.

1. El divorcio y su impacto en el niño: aspectos psicológicos

Los niños están fuertemente vinculados a sus seres queridos y en casa buscan seguridad, estabilidad y referentes sobre los que construyen su mundo interior. El divorcio, desde la perspectiva del niño, irrumpe en esas certezas: de pronto debe aceptar que sus padres ya no forman un equipo unido, que algunas cosas ya no volverán a ser como antes. No es raro que en ese momento el niño se pregunte «¿Dónde voy a vivir? ¿He hecho algo mal? ¿Quién me va a querer?» La reacción inicial suele estar asociada a la sorpresa, la ansiedad o la inseguridad.

Esta experiencia no solo afecta el presente emocional, sino que también puede influir en el desarrollo de la identidad, el sentimiento de seguridad y la capacidad de establecer relaciones en el futuro. No es infrecuente que aparezcan sentimientos de pérdida, tristeza o la búsqueda de culpa en uno mismo. Por ello es esencial que, como madre o padre, seas para tu hijo un apoyo en este momento, mostrando que, aunque cambie la organización familiar, el sostén afectivo permanece.

Cada niño percibe el divorcio según su edad y su madurez evolutiva. Los preescolares a menudo no comprenden el concepto de «divorcio», pero perciben que algo está cambiando; reparan más en las emociones de los adultos y pueden caer fácilmente en el sentimiento de culpa. Los niños de primaria pueden entender teóricamente que los padres ya no vivirán juntos, pero a menudo esperan una «reconciliación». Los adolescentes ya entienden la complejidad de las relaciones, pueden ser más críticos y, al mismo tiempo, buscar sus propias estrategias de afrontamiento —a veces, distancia o desafío. En la adolescencia se debilita el peso de la autoridad parental, pero el niño se ocupa intensamente de su propia identidad.

Comprender estas diferencias evolutivas puede ayudarte. Repite a los más pequeños que no tienen la culpa de nada y que ambos padres los amarán siempre. A los mayores dales espacio para expresarse y valida sus sentimientos encontrados. Los niños necesitan información simple, veraz y concreta, y los adolescentes valoran la apertura, la sinceridad y un trato de iguales.

Los niños que atraviesan el divorcio de sus padres pueden experimentar un amplio abanico de emociones: desde confusión y una tristeza discreta hasta estallidos de ira. Es típico el miedo a lo desconocido («¿qué pasará ahora?»), el sentimiento de abandono o incluso la competencia por ser aceptados por los padres. Algunos se encierran en sí mismos; otros, por el contrario, buscan atención portándose mal. Pueden empezar a boicotear la escuela, tener problemas de sueño, cambios de apetito o peores notas.

A menudo aparece la culpa: el niño cree que el divorcio es culpa suya o que, si se hubiera comportado de otra manera, la situación no habría ocurrido. También puede surgir un difícil equilibrio de lealtad hacia ambos padres, especialmente si existe conflicto entre ellos. Los niños necesitan la seguridad de que no tienen la culpa de nada y que la separación de sus padres es un asunto exclusivamente de adultos, no un fracaso suyo.

A corto plazo pueden aparecer tristeza, confusión, miedo, trastornos del sueño o agresividad. Si en este periodo el niño no siente apoyo ni la posibilidad de expresar libremente sus emociones, aumenta el riesgo de ansiedad, problemas psicosomáticos y pérdida de confianza en sí mismo. A largo plazo, el divorcio no implica automáticamente consecuencias negativas: muchos niños salen de la situación sorprendentemente fortalecidos y, ya adultos, toman decisiones más conscientes sobre sus propias relaciones.

2. Cómo y cuándo hablar con tu hijo sobre el divorcio

Conviene pensar bien el momento de la conversación. Lo ideal es explicarle la situación al niño antes de que se produzcan cambios importantes —por ejemplo, la mudanza de uno de los padres o un aumento visible de la tensión en casa. Los niños perciben muy intensamente el ambiente y a menudo sospechan antes de que los propios padres saquen el tema. Busca un momento tranquilo en el que puedas prestarle toda tu atención. Elige una ocasión en la que ninguno de los dos tenga prisa. Si es posible, comunica la información junto con el otro progenitor. Procura que la primera gran conversación no esté condicionada por emociones negativas; primero procesa tus propias emociones como madre o padre y, después, explícaselo al niño.

Se recomienda que el niño oiga la noticia de ambos padres al mismo tiempo. Este paso muestra que, a pesar del fin de la relación de pareja, ambos siguen unidos en el cuidado y la responsabilidad del niño. Si prevés reacciones intensas o tristeza contenida, es recomendable ofrecer apoyo adicional —por ejemplo, contactar con el psicólogo escolar, o invitar a una persona de confianza de la familia (abuela, abuelo) que sea una figura estable para el niño. Recuerda, sin embargo, que la información clave debe ser comunicada siempre en primer lugar por los padres, no a través de terceros.

La regla básica es hablar con claridad y honestidad, pero solo en la medida de la información que el niño realmente necesita. Con los más pequeños, usa palabras sencillas, por ejemplo: «los padres han dejado de quererse como pareja, pero los dos te queremos igual que siempre».

A los niños en edad escolar respóndeles preguntas concretas; no temas decir que no tienes todas las respuestas («Aún no lo tenemos todo acordado, pero en cuanto lo esté te lo contaremos»). Los adolescentes también aprecian una conversación abierta sobre la complejidad de las relaciones de pareja. Evita culpabilizar, dramatizar en exceso o ocultar información.

Es imprescindible dejar claro que el divorcio no es culpa del niño. Explica que se trata de una decisión personal de los adultos que no tiene que ver con los hijos. Evita el reproche mutuo, desvalorizar al otro progenitor o usar al niño como «aliado» contra la expareja. Tampoco des razones falsas ni amenaces. Intenta enmarcar la información con una mirada positiva hacia el futuro. Por ejemplo, qué se mantiene igual, a qué podrá ilusionarse el niño, a dónde irá a jugar, qué haréis juntos.

3. Cómo ayudar al niño a gestionar los cambios

El cambio más visible para el niño suele ser la salida de uno de los padres del hogar, o incluso la mudanza de toda la familia. El niño tiene que acostumbrarse a dos casas, dos camas, cosas distintas «en casa de mamá» y «en casa de papá». Es útil hablar de estos cambios con antelación: dónde y cuándo dormirá, cómo será con la escuela, con los amigos, qué puede llevarse consigo.

El sentimiento de pérdida de uno de los padres es clave para los niños a partir de los tres años. Por eso es fundamental mantener un contacto regular con ambos progenitores. Ayuda planificar de antemano qué días estará el niño con cada uno, qué actividades harán «solo los dos», y cuándo habrá salidas en común. Si es posible, facilita también el contacto con abuelos y otras personas cercanas

Un hogar distinto implica nuevos límites, otra rutina diaria e incluso estilos de crianza diferentes (unas normas «en casa de mamá», otras «en casa de papá»). Intenta unificar lo básico (a qué hora se acuesta, cuánto tiempo pasa frente a la televisión). Considera el nuevo arreglo como un proceso de adaptación a largo plazo; el niño necesita saber que en cada hogar rigen reglas claras, previsibles y coherentes

4. Apoyo emocional al niño durante el divorcio

Cada niño debe transitar su propia vivencia del divorcio; lo fundamental es que, como madre o padre, seas un apoyo y le des espacio para expresar sus emociones. Evita frases como «tienes que superarlo», «no es para tanto» o «hay muchos niños sin padres»; en su lugar, acoge los sentimientos del niño sin juzgarlos.

Si el niño calla o se niega a hablar del tema, dale tiempo. Ofrece una actividad compartida sin presionar para conversar —a veces ayuda dibujar, salir a pasear o hacer algo lúdico. Es importante que sepa que «cuando quiera, puede venir» y que sus emociones son bienvenidas, sean cuales sean.

La apatía, la tristeza y los estallidos de rabia pueden formar parte de las reacciones de adaptación al divorcio. Frente a la ansiedad y la culpa ayuda asegurarle que «esto es entre adultos, tú no tienes la culpa de nada» y reforzar los recuerdos positivos de los momentos compartidos con ambos padres. El sentimiento de pérdida puede abordarse de forma creativa: por ejemplo, crear juntos un álbum de «nuestra familia», o colgar fotos en ambas casas. 

Las actividades regulares ayudan a mantener una relación estable con ambos padres. Haz con tu hijo cosas que os gusten a los dos: desayunar juntos, un juego por la noche, construir con piezas, hacer deporte o cocinar. Lo importante es que el niño tenga seguridad en la repetición y algo que esperar con ilusión.

5. Colaboración y comunicación de los padres en beneficio del niño

Tras el divorcio es indispensable ajustar y coordinar los estilos de crianza, las normas y los valores. Es natural que los padres difieran en algunos detalles; pero la base debe ser un marco acordado conjuntamente en los asuntos esenciales (escuela, atención sanitaria, reparto del tiempo, rutinas).

Cualquier conflicto o descalificación de la expareja tiene un impacto mucho mayor en el niño de lo que imaginas. La presencia de una tensión latente el niño la «absorbe» literalmente. Evita tirar de él como si fuera una cuerda: deja que construya por sí mismo su relación tanto con la madre como con el padre. En ningún caso conviertas el descontento en reproches («es culpa de tu padre/madre»). Aunque la comunicación entre exparejas sea difícil, intenta mantenerte neutral delante del niño.

6. Errores más frecuentes de los padres y cómo evitarlos

Los niños perciben el cambio incluso sin una explicación explícita, y la incertidumbre suele ser peor que la verdad. Evita ocultar o minimizar, y también promesas que no puedas cumplir. Nunca utilices al niño como «aliado» en la batalla de pareja. No sugieras que debe ponerse de «tu lado», ni cuestiones la capacidad o el valor de la expareja («él no sabe cuidarte», «yo debería haberte tenido en mi custodia»). Con ese tipo de comunicación cargas al niño con una responsabilidad innecesaria y complicas las relaciones futuras.

El divorcio también es agotador para los propios padres; ten cuidado de no dejarte absorber tanto por tus emociones como para pasar por alto las señales del niño. Busca apoyo también para ti. Solo cuando hayas afrontado lo peor podrás ofrecer un apoyo pleno a tu hijo.

Ambos extremos hacen daño: un cambio acelerado (nueva pareja, nueva vivienda, nueva escuela en un solo mes) desorienta al niño más de lo necesario. Por el contrario, aferrarse rígidamente a los «viejos hábitos» obstaculiza la adaptación. Opta por cambios graduales, siempre al ritmo y según las necesidades del niño: respeta su proceso de ajuste.

7. Trabajo a largo plazo con el niño: nueva pareja y nuevas relaciones en la familia

La nueva pareja de un progenitor supone para el niño otro cambio importante: puede provocar el temor de que «alguien ocupe su lugar» o conflictos de lealtad hacia el otro padre o madre. Presenta a la nueva pareja de forma gradual, con sensibilidad y sin presiones. Dale tiempo al niño para acostumbrarse y deja que elija cómo dirigirse a esa persona. Recuerda que la nueva pareja no es un «padre/madre sustituto».

Fomenta una actitud positiva hacia todos los miembros de la familia ampliada y evita dividir entre «familia vieja» y «familia nueva». El niño no debe sentir que la llegada de una nueva pareja o de un nuevo hermano implica renunciar a la relación con su otro progenitor biológico.

Facilita el contacto, recuerda experiencias compartidas y anima al niño a vivir vacaciones, celebraciones y también los «pequeños días cotidianos» con ambos padres. Busca también actividades en común.

Prepárate para que – suele llevar de varios meses a años – el niño se acostumbre a la realidad cotidiana con nuevas personas. La creación de una nueva familia lleva tiempo. No presiones para un entusiasmo inmediato ni le impongas al niño sentimientos que no siente.

Todo divorcio es exigente. La prioridad máxima es siempre el interés del niño: comunicación sincera, estabilidad, énfasis en un apoyo emocional seguro y límites saludables en el nuevo arreglo.